domingo, 3 de noviembre de 2013


LOS JÓVENES Y SUS ESPEJOS



Para muchas personas, la autoestima solamente depende de los logros y metas alcanzados, con independencia de las cualidades y peculiaridades de cada uno.
Valorar la autoestima sólo por lo externo, a pesar de ser un punto de vista parcial, está cada vez más en boga: vales por lo que tienes, por lo que aparentas. No importa en realidad lo que eres.
Quizá por eso, con frecuencia, la autoestima aparece "sobreestimada", y es cada vez más difícil de lograr.

En un ambiente así, son los adolescentes quienes -quizá- lo tienen más difícil, ya que por definición, no se conocen a sí mismos, y dependen de los valores que se les presentan para poder juzgar lo correcto o incorrecto de sus actuaciones. Cuando abunda la trivialización de la vida (a través de modas y modelos más bien desafortunados), se vuelve  todavía más complicada la superación exitosa de la adolescencia. 

Nadie puede descubrirse a sí mismo sin entrar en relación con los otros, sin catar cómo es él o ella y compararse con lo que los demás esperan que sea. Pero esos otros, sus amigos, su "mundo", su familia ¿de dónde sacan las ideas de cómo debe ser alguien "normal"? De lo que se refleja en la opinión pública que, a grandes rasgos, está constituida por los valores que se cotizan en la familia, la escuela, la Iglesia y -¡como no!- en los medios masivos de comunicación: televisión, cine, revistas, prensa escrita, etc.

  Preguntémonos, pues, ¿cuál es el inventario de valores que la mayoría de los   adolescentes parece tener hoy en sus mentes? ¿Cuáles son los modelos que    imitan, y por qué los imitan? ¿En qué espejo se miran? ¿Quiénes son sus   héroes, sus prototipos, sus ídolos.?



Hace unos días conocí los resultados de una investigación, publicados por un psiquiatra español, en el que destaca que, entre hombres y mujeres adultos, los rasgos más valorados hoy en día son aquellos que hacen referencia a cualidades físicas, a la personalidad y al sentido del humor. Mientras que la inteligencia, las cualidades morales o la coherencia de vida prácticamente no aparecen.

En el caso de los varones adolescentes se destaca cómo todos tienen afán por sobresalir en algún deporte, de tener cuanto antes un cuerpo de adulto (alto, musculoso y bien proporcionado); todos buscan la posibilidad de ganar -con el menor esfuerzo posible.-, alguna cantidad de dinero,  de caer bien a las muchachas y ser populares. Y en cuanto a las adolescentes, quizá el valor que más interesa es el de responder a los patrones populares de belleza (han de ser guapas o, al menos, parecerlo), comprendiendo erróneamente que la apariencia agradable les abrirá todas las puertas de la vida.

En todos los casos: hombres y mujeres, adultos y adolescentes, el valor de la imagen (primero el tipo, luego el rostro, luego el cuerpo), ha ido cobrando una importancia cada vez mayor en esta sociedad nuestra. La personalidad se percibe como un valor de segunda clase, la inteligencia como un rasgo menor, el ser responsable y buen trabajador -a veces-, puede incluso estar mal visto.

Todo esto arriesga a los adolescentes a enfrentarse con tres grandes peligros: 

  • En primer lugar la dificultad de lograr una autoestima adecuada, al pretender buscar solamente valores externos, físicos o superficiales; sin caer en cuenta de que la adolescencia es la etapa de los grandes ideales, de soltar amarras y dirigir la nave de la propia vida a un puerto que valga la pena. 
  • En segundo lugar, al desconocer en qué aspectos fundamentan los demás su propia autoestima, pueden perder la posibilidad de buscar los valores que de verdad humanizan.  Y, 
  • en último término, al vincular en exceso las características del propio género con aspectos superficiales o secundarios, se corre el riesgo de caer en una crisis personal de identificación consigo mismo o consigo misma.Quizá por eso hay tantos y tantas empeñados en encontrar su autoestima perdida. O en vender su dignidad por unos pocos billetes para poseer, o para hacer hasta lo imposible por bien parecer físicamente.


Y sin duda, por eso, los adolescentes suelen ser presa fácil de los mercaderes de imagen, de aquellos que venden superficialidad y frivolidad.
La autoestima es, en realidad, producto del autoconocimiento, valoración de las propias cualidades y consecuencia de haber encontrado un norte seguro hacia el que orientar los pasos. Y ¿cómo no? De caminar hacia la meta, esforzarse, luchar; hasta lograr que se valore la lucha y no solamente los resultados.







Casi siempre escucho esta pregunta en forma de lamento...
¿Por qué a mí? ¿Por qué este sufrimiento?.
Y es que le tenemos tanto miedo al dolor! Qué difícil es soportarlo! y se hace más difícil aún, cuando queremos encontrar la respuesta ante este interrogante... ¿Por qué a mí? Esta pregunta se transforma en obsesión, y muchas veces nos quita la paz y, si no nos sobreponemos a tiempo, nos amargará para siempre. Sin embargo, en lugar de luchar por salir adelante... nos resentimos y llegamos a convencernos que todo es una gran injusticia y lo único en nuestro cerebro es ¿Por qué a mí?, ¿Por qué si no he hecho nada malo?, ¿Por qué, si siempre voy a Misa?, Por qué si soy tan bueno?...

Escribo esto, y digo que es sólo para VALIENTES, porque sólo con valor, podremos superar los momentos difíciles, dejemos que los COBARDES, se amarguen la vida, rumiando su dolor, nosotros tenemos que superar cualquier mal momento con mucho valor y... Salir adelante!

También yo me hice esta famosa pregunta y también me pareció una gran injusticia; pero luego... ¿Saben qué ocurrió?...
Pensé en algo que cierta vez leí, sufrimos porque no le encontramos explicación a nuestro dolor, y nos atormentamos buscándole una razón, el porqué. Pero sobretodo: existió un Ser, un maravilloso Ser, que nunca hizo nada malo. Que toda su vida la dedicó a hacer obras buenas y amó tanto al mundo entero!. Más sin embargo, sufrió horriblemente, pero nunca se preguntó.

¿Por qué a Él?; ¿Por qué le ocurría eso a Él?... ¿Si nunca había hecho nada malo?... Y, cuando su piel se habría en heridas que sangraban, por los latigazos recibidos, cuando de su frente caían gotas de sangre, por las espinas que le pusimos, cuando Él caía una y otra vez por el peso de esa gran Cruz que le hicimos cargar, cuando sus ojos buscaban amor y sólo encontraba desprecio, maldad,... Y como recompensa recibía insultos, y pedradas, cuando nosotros sus "amigos" le traicionamos...

 En todos estos momentos Él nunca se preguntó ¿Por qué a mí?, sino que sufrió todo eso por Amor, por ese inmenso amor que nos tiene, y además porque tenía un propósito: el de liberarnos del pecado y darnos la esperanza de una vida nueva eterna.
Ahora que sé esto: cuando algo me daña o decepciona, ya no me martirizo preguntándome ¿Por qué yo?, si Cristo con ser Él tan bueno, sufrió tanto, ¿por qué voy a pensar que yo merezco más que Cristo? Y, más aún, cuando algo me ocurre, también le doy un propósito, es decir una finalidad a ese dolor; entonces ocurra lo que ocurra, lo ofrezco, SI ¡Ofrezco ese dolor por mis padres o por alguno de mis seres queridos y entonces...

Sí que es fácil cargar con esa cruz! Además, al cargarla, es como si estuviese respondiendo a esa mirada suplicante de nuestro Señor y fuese hasta donde Él está, y le ayudase con esa cruz tan pesada. Qué fácil es así soportar cualquier dolor; es más, puedes estar sufriendo, pero no estarás triste porque la alegría de Cristo estará contigo.
Y... Hay algo más: Dios nunca nos da una cruz más pesada de la que podemos cargar.

Él nos da la cruz justa, a nuestra medida. Les cuento algo que a mí me conmovió:

Había una vez una persona cansada de cargar su cruz; renegaba de su vida, y sus días eran tristes y amargos. De pronto, cierto día, se le apareció Jesús y le preguntó qué le ocurría. Entonces, se quejó a Él diciéndole que la cruz que le había dado era demasiado pesada para sus fuerzas y que no podía cargarla. El Señor le respondió: Bien, entonces, elige tú la que deseas y le mostró unas cuantas cruces. Este hombre empezó a probar cuál de las cruces le convenía. Primero se probó una y le resulto demasiada pesada, horriblemente pesada, luego se probó otra y otra, y también ocurrió lo mismo. Hasta que su mirada fue hacia la cruz más pequeñita, caminó hacia ella, se la colocó y vio que era a su perfecta medida. Entonces dijo: Señor me quedo con ésta. Jesús responde: Estás seguro de que podrás con ella?. Y el hombre dice: Si, ésta es la más pequeña y me va a la perfección. Entonces Él le responde: "Es justamente la cruz que yo te había dado y la cual tú cargabas".

Con esto, quiero decirte, que cuando algo nos dañe o cuando pensemos que el dolor es mayor que nuestras fuerzas, disipemos aquella idea, porque Dios, nos da a cada uno la cruz, exactamente a nuestra medida.



Y, cuando sintamos que las fuerzas nos abandonan, sólo alcemos la mirada al cielo, y cual niños pequeños llamemos a Cristo a gritos y estemos seguros de que "Él acudirá inmediatamente en nuestra ayuda, vendrá en respuesta a nuestros gritos de dolor, nuestra fe y nuestra esperanza".
¿Aún te parece demasiado pesada tu cruz?. Seguirás preguntándote ¿por qué a mi? y ¿Qué harás en adelante?. ¿Actuarás como un VALIENTE o como un simple COBARDE?.
¡Sólo tú tienes la respuesta!








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